GUILLERMO LARRAÍN

La Constitución y la fragilidad del contrato social Parte I: marco conceptual

A comienzos de octubre de 2015 el presidente Piñera se refirió a Chile como un oasis de paz social. Un mes después tuvo que aclarar a la BBC que iba a terminar su mandato. La conclusión es alarmante: el contrato social es frágil.

En esta columna, desde una perspectiva de la nueva economía institucional, analizamos de dónde proviene dicha fragilidad y sacamos conclusiones respecto de cómo se puede fortalecer.

Las instituciones: Una visión conceptual

A niveles muy cercanos al individuo, nuestra forma de interactuar con otros se organiza en torno a instituciones formales e informales. En la empresa, el colegio, la universidad, la cooperativa, la ONG, el sindicato o la compañía de teatro, las relaciones entre personas se guían por reglas que fijan comportamientos esperados de cada agente. Un contrato formal fija derechos y obligaciones, y por lo tanto estabiliza las expectativas de cada individuo respecto de qué harán los otros.

Un contrato laboral, uno de prestación de servicios o una compraventa obligan a dos partes a algo. Los estatutos de una organización voluntaria, como una empresa o un club, fija las obligaciones y derechos de los miembros. Quien no cumpla puede ser interpelado por el resto y ser obligado a compensar.

El problema es que los contratos son imperfectos. Según Tirole (1999), hablamos de contratos imperfectos en tres condiciones. Uno, cuando hay contingencias que no se pueden prever y no quedan estipuladas formalmente. Dos, cuando los costos de redacción de contratos completos son excesivos. Tres, cuando el cumplimiento de los contratos es costoso de manera que no vale la pena formalizar ciertas contingencias.

Si las condiciones contractuales no contemplan todos los escenarios posibles, ¿cómo estabilizar las expectativas respecto del comportamiento mutuo? Hay dos formas de resolver el problema. La que ocurre en última instancia es la judicialización del incumplimiento en la que una tercera parte neutral – el juez – interpreta los hechos y zanja la disputa. Sin embargo, antes que entren en acción las cortes o los árbitros hay etapas previas informales que rodean cualquier arreglo contractual.

Las instituciones informales

Lo que aquí denominamos “instituciones informales” agrupan una variedad de formas de comportamiento en sociedad. Según Bicchieri (2006), estas incluyen normas sociales (que emergen de la interacción descentralizada de agentes y en las que la sanción no es impuesta por una autoridad), normas descriptivas (intentos de coordinación con otros en la medida que una cantidad suficiente de personas también se comporte similarmente) y convenciones (normas descriptivas que han resistido el paso del tiempo).

Hay dos características fundamentales de cualquier institución informal. Una es que infringirla conlleva alguna forma de castigo directo o indirecto por terceras partes, no por una autoridad social (Bendor y Swistak, 2001). Dado que es inherente a una norma la existencia de un castigo, las normas informales también fijan expectativas respecto de las acciones de otros individuos. En el entendido de que los individuos intentan evitar formas de castigo, las instituciones informales estabilizan nuestras expectativas de interacción mutua. Por lo mismo, la segunda característica es que las instituciones informales dependen de que se verifiquen las expectativas de cumplimiento de la norma por parte del resto. Es decir, las instituciones informales reposan en expectativas autocumplidas.

Veamos un tipico ejemplo de contrato imperfecto: los contratos laborales. Idealmente, cambios imprevistos en las condiciones de la demanda requieren que las partes contratantes reaccionen de buena fe. Ello puede implicar ir más allá de la obligación contractual y que el trabajador extienda la jornada si la demanda ha crecido de manera imprevista, o que el empleador busque como mantener los empleos durante una pandemia. Esas son expectativas que ambas partes contratantes esperan que ocurran aun si los contratos no especifican de manera precisa cómo se realizará la contraprestación. Sin embargo, cada agente tendrá expectativas de la reacción de su contraparte. Esas expectativas no son formales, pues el contrato es imperfecto. Esas expectativas se hacen respecto de un estándar fijado por una norma social.

Entre el contrato formal y la norma social hay relaciones. Un buen contrato fija formalmente reglas de comportamiento que sirven para enmarcar eventuales desviaciones de lo escrito. Desde la perspectiva de la empresa, un buen contrato laboral debe incentivar el esfuerzo del trabajador y promover su lealtad con la empresa. Desde el punto de vista del trabajador, un buen contrato debe proveer una buena compensación y minimizar los abusos. Tal contrato fija una parte de las expectativas mutuas de trabajador y empresario de tal forma que cualquier tentación por desviarse del comportamiento acordado no sea una estrategia dominante.

Sin embargo, tanto del lado del trabajador como del empleador hay acciones no observables que podrían afectar la ejecución del contrato. El empleador puede tomar mucho riesgo y el trabajador perder su empleo. El trabajador puede esforzarse poco y poner en riesgo la capacidad de la empresa de cumplir sus compromisos. Estos dos comportamientos pueden representar una desviación significativa de los compromisos formales. Un contrato es “bueno” si logra que las instituciones informales se atengan al compromiso escrito. Es decir, el contrato es exitoso si logra que la toma de riesgo sea razonable y el esfuerzo desplegado sea el adecuado. Si por alguna razón se sobrepasan los límites, un buen contrato hace que el empresario corrija su toma de riesgo y que el trabajador eleve su esfuerzo.

Así, un buen contrato inhibe comportamientos no observables que atentan contra su estabilidad.

A medida que uno va alejándose del análisis del individuo y las organizaciones en que participa, esta estructura básica se repite y complejiza. En la cúspide de la pirámide institucional formal está la Constitución y a su lado pulula una enorme y caótica variedad de instituciones informales. La “institucionalidad” es la suma de estas instituciones formales e informales.

Hay una crisis cuando las instituciones informales no encuentran en las instituciones formales lo que éstas deben proveer: un mecanismo de contención.

Instituciones formales y creencias

North (2005) plantea que existe una relación entre las instituciones formales y las creencias imperantes en la sociedad. Como las instituciones formales cambian según la voluntad de alguien, la pregunta que corresponde hacerse es qué guía esa voluntad. Las instituciones formales son la materialización, en conceptos y reglas prácticas, de las creencias que imperan en la sociedad, pero en particular respecto de las creencias de quienes están en posición de diseñar reglas de juego. En sus palabras “los sistemas de creencias son la representación interna (…) y las instituciones (…) son la manifestación externa de esa representación”.

Es decir, al interactuar con el mundo armamos un sistema de creencias que nos permite entenderlo y luego diseñamos instituciones que reflejan tales creencias. Por ejemplo, frente a la caótica y violenta sociedad hobbesiana algunos pensaron que era necesario concentrar el poder en el Leviatán para poner orden. Pero el propio Leviatán puede ser causa de violencia. Acemoglu y Robinson (2019) describen cómo el propio Leviatán ha ido siendo “encadenado”, diluyendo el poder político en instituciones democráticas y creando una economía con mercados regulados que hiciera más predecible, es decir ordenado, el funcionamiento de la sociedad.

Como consecuencia, al hablar de instituciones formales, en particular de la Constitución que es la más importante de esas instituciones, no se puede hacer abstracción de las creencias y por lo tanto de la política.

 

 [*] Profesor asociado, Departamento de Economía, Facultad de Economía y Negocios, Universidad de Chile. Esta columna está basada en Larraín (2020)

 

Bibliografía

 

Acemoglu, D. y Robinson, J. (2019), El pasillo estrecho. Estados, sociedades y cómo alcanzar la libertad, DEUSTO

Atria, F., Larraín, G., Benavente, J. M., Couso, J. & Joignant, A. (2013). El Otro Modelo. Del orden neoliberal al régimen de lo público. (1a ed.). Chile: Editorial Debate.

Bendor, J. y Swistak P., (2001), “The evolution of norms”, American Journal of Sociology, Vol. 106, No. 6 (May 2001), pp. 1493-1545, The University of Chicago Press

Bicchieri, C. (2005). The grammar of society: The nature and dynamics of social norms. Cambridge University Press.

Binmore, K. (1994). Playing Fair: Game Theory and the Social Contract I. Cambridge: MIT Press.

Giddens, A. (1998), The third Way: the renewal of social democracy. Cambridge, Mas: Polity Press.

Larrain, G. (2020), La estabilidad del contrato social, Fondo de Cultura Económica (por aparecer)

Moulian, T. (1997), Chile actual, anatomía de un mito. LOM Ediciones

North, D. (2005), Understanding the Process of Economic Change, Princeton University Press.

Peña, C. (2017), Lo que el dinero sí puede comprar, Taurus

Pinto, A. (1958), Chile, un caso de desarrollo frustrado. Santiago: Editorial Universitaria.

Tirole, J. (1999), “Incomplete contracts: Where do we stand?”, Econometrica 67, 741-781

(LexenConstitución2020, 21 de Septiembre de 2022)