Manuel Marfán

25 de Junio, 2020


«Hay que aprender de las experiencias ajenas que demuestran que las constituciones son más bien para limitar los poderes del Estado y de los poderosos, que para garantizar derechos más allá de los básicos de las personas», plantea Manuel Marfán. Enfatiza que «poner todo como derecho para que después resuelvan los tribunales no es la forma de hacer una buena Constitución».

El exministro de Hacienda, exvicepresidente del Banco Central y actual investigador senior de Cieplan y director del Programa de Investigación e Innovación Social Cieplan-Universidad de Talca plantea que las cartas garantistas en general no han dado buenos resultados: «La brasileña (1988) estableció todo tipo de garantías y finalmente terminó en un desastre, con dos periodos de hiperinflación; y hasta hoy no logran salir de todos los problemas que generó, incluyendo la corrupción, que en parte también fue consecuencia de esa constitución».

Menciona el caso de Colombia, «que aún está relativamente más conforme con su institucionalidad, pero después de haberlo pasado muy mal. Ellos hicieron su reforma Constitucional en 1991 y yo diría que su gran gracia son las reformas que le han hecho, porque en 2001, una década después, todo estaba peor: la economía; el narcotráfico; la guerrilla había invadido más territorio; y el Ejecutivo no tenía capacidad de maniobra porque pasaba más tiempo en los tribunales que en el Congreso, y porque el narcotráfico lo había penetrado.

Marfán llama a desideologizar el debate del tamaño del Estado y a aprender más de la historia: «El principal determinante del tamaño del Estado y su cobertura no es una decisión ideológica. Tiene mucho que ver con el nivel de pobreza del periodo previo. En Estados Unidos, que no vivió las hambrunas y miserias de Europa, porque había falta de población y era receptor de inmigración, es más chico. En países como Alemania y Holanda, donde a pesar de la prosperidad hubo grandes hambrunas en el siglo XIX que dieron origen a las migraciones hacia América Latina, tienen estados de bienestar más grandes. Chile más bien se parece a países que se nutrieron de inmigración como Australia, Canadá o Estados Unidos», explica.

Asevera que las demandas que el sistema político enfrenta hoy son consecuencia de que la clase media relevó a los pobres como grupo mayoritario del país, lo que requería un cambio de estrategia social, política y económica, viraje que Chile no supo hacer a tiempo.

 «Las personas entienden que cuando viven grandes riesgos, el Estado tiene que jugar algún rol que no necesariamente es un rol contra el mercado, es un rol de enfrentar riesgos (…). El sistema de pensiones no existía antes del siglo XIX, es una innovación moderna para dar cuenta de las necesidades y la precariedad de la clase media, que es un fenómeno relativamente moderno», dice.
Estos y otros temas analiza en la siguiente entrevista.